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Wellington Gómez Pichardo |
No llevaba uniforme nuevo ni insignias brillantes. No apareció en la foto grupal del curso ni firmó la hoja de asistencia. Tampoco levantó la mano para preguntar ni actualizó protocolos.
Sin embargo, sí estuvo presente el día del servicio, Adivina quién no fue a la capacitación.
En la atención prehospitalaria, la diferencia entre hacer bien las cosas y cometer un error grave rara vez está en la intención. Está en el conocimiento actualizado, en la práctica constante y en la capacidad de reconocer que lo aprendido hace cinco o diez años ya no siempre es suficiente.
Cuando la improvisación sustituye a la formación
La emergencia no avisa. No espera a que el personal “recuerde más o menos” cómo era el protocolo. No da tiempo para improvisar ni para aplicar “como siempre se ha hecho”.
Cada llamada exige decisiones rápidas, precisas y basadas en evidencia.
El personal que no se capacita:
- Aplica protocolos desactualizados.
- Desconoce nuevas recomendaciones clínicas.
- Repite errores que la ciencia ya corrigió.
- Confía más en la costumbre que en la evidencia.
Y en prehospitalaria, la costumbre mal aplicada también mata.
Capacitarse no es un lujo, es una responsabilidad ética
La capacitación continua no es un favor que se le hace al sistema, ni un requisito burocrático para acumular certificados. Es una responsabilidad ética con el paciente, con el equipo de trabajo y con uno mismo.
Quien atiende emergencias:
- Toma decisiones clínicas en escenarios caóticos.
- Trabaja con recursos limitados.
- Enfrenta presión, riesgo y estrés constante.
- Tiene segundos para actuar correctamente.
Negarse a capacitarse en ese contexto no es neutral. Es una elección que impacta directamente en la calidad de la atención.
El paciente no sabe quién fue a la capacitación… pero lo sufre
El paciente nunca pregunta:
—¿Usted fue al último curso?
Pero lo nota cuando:
- El manejo de la vía aérea falla.
- El paro se atiende sin coordinación.
- El trauma se evalúa de forma incompleta.
- La comunicación con la familia es torpe o inexistente.
El error no siempre es evidente de inmediato, pero deja huellas: complicaciones evitables, secuelas, demandas legales, pérdida de confianza en los servicios de emergencia.
Capacitación también es trabajo en equipo
En atención prehospitalaria nadie trabaja solo. Un error individual compromete a todo el equipo.
Cuando uno no se capacita:
- Rompe la sincronía operativa.
- Dificulta la comunicación clínica.
- Genera dudas en procedimientos básicos.
- Aumenta el riesgo para compañeros y pacientes.
La capacitación estandariza criterios, mejora la coordinación y fortalece la seguridad operativa. Un equipo entrenado responde mejor, incluso bajo presión extrema.
El costo real de no capacitarse
Muchas veces se argumenta falta de tiempo, cansancio o recursos. Pero el costo de no capacitarse siempre es mayor:
- Errores clínicos evitables.
- Eventos adversos.
- Daño a la imagen institucional.
- Procesos legales.
- Desgaste profesional y burnout.
La capacitación no evita todas las tragedias, pero reduce significativamente los errores prevenibles.
Adivina quién sí fue a la capacitación
Fue quien:
- Reconoció un signo sutil antes de que el paciente colapsara.
- Aplicó el protocolo correcto sin dudar.
- Lideró la escena con seguridad.
- Protegió a su equipo y al paciente.
- No fue suerte. Fue preparación.
Conclusión
En atención prehospitalaria, la capacitación no es opcional, aunque a veces se trate como si lo fuera.
Cada curso ignorado, cada actualización evitada y cada entrenamiento postergado deja una pregunta flotando en el aire:
¿Y si el próximo error ocurre justo cuando yo esté de turno?
Porque al final, cuando algo sale mal, siempre hay alguien que no fue a la capacitación.
Y casi nunca es invisible.

