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Deportista táctico: La AHA pone el foco en la salud del personal prehospitalario

Una nueva declaración científica de la American Heart Association y el American College of Cardiology propone evaluar el riesgo cardiovascular de los profesionales de emergencias según las exigencias reales de su trabajo. El documento incluye expresamente al personal de los servicios médicos de emergencia.

El técnico en emergencias médicas que levanta una camilla, el paramédico que traslada a un paciente crítico por unas escaleras, el rescatista que trabaja durante horas bajo el sol y el conductor de ambulancia que participa en una extracción vehicular tienen algo en común: sus funciones exigen capacidades físicas y mentales que pueden superar las de una jornada laboral convencional.

Sin embargo, la preparación de estos profesionales suele analizarse principalmente desde la perspectiva de sus conocimientos clínicos, sus certificaciones, el dominio de los equipos y el cumplimiento de los protocolos. La condición cardiovascular y la capacidad para sostener el esfuerzo durante una intervención también merecen atención.

Una declaración científica publicada el 3 de septiembre de 2026 por la American Heart Association (AHA) y el American College of Cardiology (ACC) incorpora esta realidad en un marco específico para los llamados tactical athletes, o deportistas tácticos. El documento incluye a los profesionales de los servicios médicos de emergencia, además de militares, policías y bomberos.

El trabajo se titula Clinical Considerations for the Care of the Tactical Athlete With Cardiovascular Abnormalities y fue publicado en las revistas científicas Circulation y Journal of the American College of Cardiology (JACC). Su objetivo es orientar la evaluación y el manejo clínico de los profesionales tácticos con enfermedades cardiovasculares o factores de riesgo, considerando las exigencias particulares de sus funciones.

¿Por qué el personal prehospitalario entra en esta categoría?

El término deportista táctico no significa que el paramédico deba competir en una disciplina deportiva ni que todos los técnicos en emergencias tengan que alcanzar el rendimiento físico de un atleta de alto nivel.

Se refiere a profesionales cuyas ocupaciones requieren esfuerzos físicos específicos, trabajo bajo presión, exposición a condiciones ambientales adversas y capacidad para responder ante situaciones que pueden comprometer su seguridad y la de otras personas.

La declaración de la AHA y el ACC define esta categoría en función de las tareas y las exigencias del servicio. En el caso del personal prehospitalario, estas condiciones pueden presentarse durante el traslado manual de pacientes, la movilización de equipos, la atención en accidentes de tránsito, los rescates en lugares de difícil acceso y las intervenciones en escenarios con recursos limitados.

No todos los servicios ni todos los puestos presentan el mismo nivel de exigencia. Un profesional que realiza traslados programados puede estar expuesto a riesgos diferentes de los que enfrenta un equipo de soporte vital avanzado que responde a accidentes graves, trabaja en zonas rurales o participa en operaciones de rescate.

Por eso, el enfoque propuesto no consiste en aplicar una única prueba física a todo el personal, sino en relacionar la condición de salud con las tareas que cada profesional debe realizar.

El corazón del rescatista también está expuesto

Durante una emergencia, el personal prehospitalario puede pasar rápidamente de una actividad de baja intensidad a otra que requiere un esfuerzo considerable. La intervención puede comenzar con una llamada rutinaria y convertirse en una extracción compleja, un traslado de paciente bariátrico o una reanimación cardiopulmonar prolongada.

A esa carga física se suman factores como el calor, la deshidratación, el estrés psicológico, la falta de sueño y los horarios de trabajo irregulares. La combinación puede aumentar la demanda cardiovascular y dificultar la recuperación entre intervenciones.

La declaración científica identifica estos elementos como amplificadores de la carga cardiovascular. Su importancia depende de la tarea, del entorno y de las características individuales del profesional.

En el ámbito prehospitalario, conviene prestar atención a situaciones como las siguientes:

  • Traslado y movilización de pacientes: levantar, empujar o cargar peso, especialmente en espacios reducidos, escaleras o terrenos irregulares.
  • Atención en ambientes calurosos: trabajar con equipos de protección, exposición solar y acceso limitado al agua.
  • Intervenciones de larga duración: sostener un esfuerzo físico mientras se realizan procedimientos clínicos y se toman decisiones bajo presión.
  • Jornadas prolongadas: acumular fatiga por turnos extensos, descansos insuficientes o interrupciones del sueño.
  • Emergencias con riesgo personal: responder en escenas de tránsito, estructuras inestables o lugares donde la seguridad no está plenamente garantizada.

Estos ejemplos ilustran cómo se manifiesta el concepto en el trabajo cotidiano. No significan que toda intervención produzca necesariamente una lesión cardíaca, sino que las exigencias laborales deben formar parte de la evaluación del riesgo.

Una condición física aparentemente buena no descarta una enfermedad

Uno de los mensajes relevantes de la declaración es que una buena capacidad física no elimina la posibilidad de padecer una enfermedad cardiovascular.

La hipertensión arterial, las alteraciones de los lípidos, la obesidad, la diabetes tipo 2 y el tabaquismo son factores que deben considerarse en la evaluación de la salud cardiovascular. También existen enfermedades estructurales o eléctricas del corazón que pueden pasar inadvertidas hasta que aparecen síntomas o se produce un evento agudo.

En un profesional prehospitalario, un episodio de síncope, una arritmia sintomática o un evento cardíaco durante una intervención puede poner en riesgo tanto al trabajador como a sus compañeros y al paciente que recibe atención.

La publicación de la AHA y el ACC aborda, entre otras condiciones, las cardiomiopatías, la miocarditis, las arritmias, las enfermedades coronarias, determinadas enfermedades congénitas y las alteraciones de la aorta y las válvulas cardíacas.

Esto no significa que todos los trabajadores deban someterse indiscriminadamente a estudios avanzados. La evaluación debe partir de la historia clínica, el examen físico, los factores de riesgo y las exigencias reales de la ocupación.

Qué propone la declaración: evaluar a la persona y también su trabajo

Uno de los aportes del documento es el marco denominado Tactical Clinical Management (TCM), que puede traducirse como manejo clínico táctico.

Este enfoque integra tres dimensiones:

  • Evaluación y tratamiento médico: identificar la enfermedad cardiovascular, valorar el riesgo y ofrecer la atención clínica indicada.
  • Evaluación del riesgo operativo: determinar cómo la condición de salud puede interactuar con las exigencias físicas, ambientales y funcionales del puesto.
  • Aptitud para las funciones específicas: considerar si el profesional puede realizar sus tareas de forma segura, con las restricciones o adaptaciones que correspondan.

Aplicado a los servicios prehospitalarios, esto exige ir más allá de una pregunta general como «¿está físicamente apto?». También importa conocer qué debe hacer durante una emergencia: subir escaleras con equipos, movilizar pacientes, trabajar con calor, mantener compresiones torácicas o intervenir durante un período prolongado sin acceso inmediato a atención médica.

El documento recomienda que las decisiones clínicas se adopten con participación de profesionales sanitarios que comprendan la enfermedad cardiovascular y las demandas específicas del trabajo. La decisión institucional sobre la aptitud para el servicio debe considerar esa valoración médica y las responsabilidades propias de la organización.

Evaluación cardiovascular: qué aspectos deben considerarse

La declaración recomienda una evaluación cardiovascular previa al entrenamiento para los deportistas tácticos. Esta incluye una historia clínica estandarizada y un examen físico. También plantea el uso del electrocardiograma (ECG) en determinados grupos y situaciones.

Según el documento, se recomienda realizar un ECG como parte de la evaluación inicial de los profesionales menores de 40 años que estarán expuestos a amplificadores significativos de la carga cardiovascular o cuya incapacitación podría comprometer una misión o la vida de otras personas. También es razonable considerar el ECG en otros profesionales tácticos.

La publicación advierte que los estudios adicionales deben individualizarse. En personas sin síntomas y con una historia clínica, examen físico y ECG en reposo normales, no recomienda incorporar de manera rutinaria pruebas de esfuerzo, ecocardiogramas, pruebas genéticas o monitorización ambulatoria del ritmo cardíaco como parte del cribado de todos los trabajadores, porque no hay evidencia suficiente de beneficio adicional para ese uso generalizado.

Para una institución de emergencias, el mensaje práctico es establecer una evaluación de salud ocupacional adecuada y mecanismos de seguimiento cuando se detecten síntomas, antecedentes o resultados anormales.

La valoración no debe convertirse en un filtro administrativo aislado. Su finalidad es identificar riesgos, facilitar la atención necesaria y orientar decisiones compatibles con la seguridad del trabajador y las exigencias del servicio.

El riesgo no termina con el examen médico

Ningún proceso de evaluación puede garantizar que nunca ocurrirá un paro cardíaco. Por eso, la declaración también destaca la importancia de contar con planes de acción ante emergencias y acceso rápido a desfibriladores externos automáticos (DEA).

Esta recomendación tiene una aplicación directa en las bases de ambulancias, centros de coordinación, estaciones de bomberos y unidades de rescate. Las organizaciones pueden revisar si cuentan con:

  • Un plan de respuesta ante el colapso súbito de un integrante del equipo.
  • Personal capacitado para reconocer un paro cardíaco, iniciar RCP y utilizar el DEA.
  • Equipos accesibles, mantenidos y disponibles durante las operaciones.
  • Procedimientos para activar asistencia adicional y facilitar la evacuación del trabajador.
  • Simulacros periódicos que permitan comprobar los tiempos de respuesta.

La preparación debe incluir escenarios en los que el propio rescatista sea el paciente. Los equipos suelen entrenar para atender a víctimas externas, pero también necesitan saber cómo actuar cuando un compañero presenta dolor torácico, síncope, dificultad respiratoria inesperada o colapso durante una intervención.

La prevención debe formar parte de la gestión del servicio

El reconocimiento del personal prehospitalario como deportista táctico abre una oportunidad para revisar cómo se protege la salud de quienes trabajan en emergencias.

En términos institucionales, una estrategia razonable puede incluir evaluaciones periódicas adaptadas al riesgo ocupacional, promoción de hábitos saludables, protocolos para la hidratación y la recuperación, revisión de las jornadas de trabajo y criterios claros para solicitar una valoración médica.

También conviene evaluar la capacidad física relacionada con las funciones esenciales del puesto. Las pruebas deben ser pertinentes, seguras y diseñadas por personal cualificado; no deben improvisarse ni sustituir la evaluación clínica.

Si se identifica una enfermedad cardiovascular, la respuesta no tiene que reducirse automáticamente a retirar al profesional de sus funciones. Según el diagnóstico, el riesgo y las exigencias del puesto, pueden ser necesarias pruebas adicionales, tratamiento, seguimiento, restricciones temporales o una adaptación de las tareas. La decisión debe tomarse individualmente y respetar las normas laborales y sanitarias aplicables.

La declaración también reconoce que persisten vacíos de evidencia y que hacen falta mejores registros, estrategias de detección y modelos de riesgo adaptados a las diferentes ocupaciones tácticas. Por tanto, no todas las recomendaciones pueden trasladarse de forma automática a cualquier sistema de emergencias, especialmente cuando existen diferencias en recursos, organización y normativa.

¿Qué significa esto para República Dominicana y América Latina?

Para los servicios de emergencias de República Dominicana y otros países de la región, el documento ofrece una referencia científica para iniciar una discusión sobre la salud cardiovascular del personal prehospitalario.

Su publicación no establece por sí misma una obligación legal para las instituciones dominicanas ni sustituye las disposiciones nacionales sobre salud ocupacional. Tampoco significa que las organizaciones deban adoptar de inmediato todos los procedimientos utilizados en Estados Unidos.

Sí permite plantear preguntas concretas: 

  • ¿se evalúa la salud cardiovascular del personal antes de asignarle tareas de alta exigencia? ¿Existen mecanismos de seguimiento cuando un trabajador presenta síntomas? 
  • ¿Las bases y ambulancias tienen planes para responder a un paro cardíaco de un integrante de la tripulación? 
  • ¿Los turnos, la hidratación y la recuperación se consideran parte de la seguridad operacional?

Responder estas preguntas requiere revisar los procedimientos de cada institución, sus recursos y las normas vigentes. La declaración puede servir como punto de partida para ese análisis, no como sustituto de una regulación local.

Proteger al que protege

El personal prehospitalario no necesita ser un atleta de competición para que su condición física y cardiovascular importe. Su trabajo exige responder con rapidez, movilizar pacientes, utilizar equipos, tomar decisiones críticas y mantener un rendimiento adecuado en condiciones que pueden cambiar de un momento a otro.

La declaración científica de la AHA y el ACC reconoce expresamente a los servicios médicos de emergencia dentro del concepto de deportista táctico y propone que la atención cardiovascular tenga en cuenta las exigencias específicas de cada ocupación.

Para los sistemas de emergencias, el desafío consiste en traducir ese enfoque en medidas proporcionadas y sostenibles: evaluación clínica, prevención, seguimiento, preparación ante el paro cardíaco y decisiones de aptitud basadas en la salud y las tareas reales.

La seguridad del paciente también depende de la salud de quien lo atiende. Un sistema prehospitalario preparado debe contar no solo con profesionales capacitados para salvar vidas, sino también con mecanismos para proteger la vida y la salud de esos mismos profesionales.

Consultas
  • Dineen EH, Haigney MC, Levine BD, et al. Clinical Considerations for the Care of the Tactical Athlete With Cardiovascular Abnormalities: A Scientific Statement From the American College of Cardiology and the American Heart Association. Circulation. Publicado en línea el 3 de septiembre de 2026. DOI: 10.1161/CIR.0000000000001476.
  • Dineen EH, Haigney MC, Levine BD, et al. Clinical Considerations for the Care of the Tactical Athlete With Cardiovascular Abnormalities. Journal of the American College of Cardiology (JACC). Publicado en línea el 3 de septiembre de 2026. DOI: 10.1016/j.jacc.2026.07.003.
  • American Heart Association. Top Things to Know: Clinical Considerations for the Care of the Tactical Athlete With Cardiovascular Abnormalities. Resumen oficial.
  • American College of Cardiology. New Guidance Introduces Framework for Assessing Cardiovascular Risk and Fitness for Duty in Tactical Athletes. 3 de septiembre de 2026. Comunicado oficial.
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